El agua convive

Andrés Riveros Cristoffanini — USS – Facultad de Arquitectura, Puerto Montt

¿Cómo queremos habitar junto al agua?

El agua se reconoce como un elemento que estructura el paisaje y la vida urbana.

Las ciudades han intentado muchas veces controlar el agua, conduciéndola o evacuándola rápidamente mediante obras que modifican sus recorridos naturales. Sin embargo, es posible pensar en relaciones diferentes, como la de proyectar ciudades que reconozcan los modos en que se mueve el agua y le den un lugar dentro del paisaje urbano. Los humedales, la vegetación y otros espacios naturales pueden ayudar a manejar las aguas lluvias, disminuir inundaciones, favorecer la biodiversidad y, al mismo tiempo, ofrecer lugares de encuentro, recreación y contacto con la naturaleza. La infraestructura verde-azul ayuda a integrar estas funciones naturales a la planificación y el diseño de nuestras ciudades, haciendo que sean más resilientes y habitables. Por ello, convivir con el agua implica dejar de verla únicamente como algo que debemos controlar y comenzar a reconocerla como parte del territorio que cohabitamos. Diseñar con sus dinámicas naturales puede ayudarnos a construir ciudades mejor preparadas para los cambios ambientales y más conectadas con sus ecosistemas.

Conceptos clave: Convivencia territorial; Ciudades y territorios sensibles al agua; Infraestructura verde-azul; Humedales urbanos; Drenaje urbano sostenible; Soluciones basadas en la naturaleza; Resiliencia urbana; Espacios multifuncionales.

¿Cómo queremos habitar junto al agua?

Queremos que habitar junto al agua sea una experiencia deseable, bella y segura. Hoy en día, ser vecino de un río, un humedal o un borde costero suele asociarse a la incomodidad, la suciedad o la inseguridad. Prevalece un paradigma anticuado que entiende los cauces como simples canales mono-funcionales cuyo único fin es "que el agua pase rápido" para evitar problemas. Queremos superar esa visión defensiva y gestar un nuevo paradigma del agua: uno que entienda los espacios hídricos como entornos multifuncionales capaces de traer salud, biodiversidad, dinamismo urbano y verdadera belleza a nuestro cotidiano.

Habitar junto al agua exige dejar de mirarla a la distancia o encerrarla tras muros de hormigón. Nuestras ciudades fueron diseñadas bajo la lógica de su tiempo, pero hoy necesitamos una nueva generación de artificios: arquitecturas e infraestructuras porosas que funcionen como puentes y lugares de encuentro. Queremos entornos donde convivir con el agua sea sinónimo de bienestar, gozo y vitalidad compartida.

¿El agua forma o deforma nuestras ciudades?

El agua no deforma la ciudad; simplemente revela la rigidez de nuestros artificios urbanos. No existe un solo centímetro cuadrado de suelo en el territorio que no sea parte activa de una cuenca hidrográfica. El agua ya estaba ahí y atraviesa todo el paisaje. Nosotros no vivimos "al lado" del ciclo del agua: somos parte de él. Existe una profunda simbiosis a escala global entre el ciclo hídrico y los seres vivos; un ejemplo claro son los bosques nativos, cuyos procesos biológicos de transpiración son los encargados de movilizar la humedad y llevar la lluvia continente adentro.

Cuando un río se desborda, no presenciamos una deformación, sino al agua reclamando la plasticidad del territorio. La verdadera transformación ocurre cuando diseñamos "ciudades sensibles al agua" y "paisajes de retención de agua". Si concebimos la ciudad como un sistema capaz de recibir la lluvia, frenarla, filtrarla y almacenarla, el espacio urbano deja de ser un desierto impermeable y se convierte en un territorio vivo, donde los procesos naturales se integran armónicamente al diseño y a la experiencia cotidiana.

¿La naturaleza puede ser también infraestructura?

En su nivel más elemental (infra = debajo, estructura = construcción/orden), la infraestructura se entiende como el conjunto de sistemas, redes y soportes físicos visibles e invisibles que hacen posible el funcionamiento y el desarrollo de la vida humana en las ciudades. Eso es "lo manifestado". Desde la arquitectura, esta red no es solo ingeniería gris, sino el soporte físico, ecológico y cultural que sostiene el territorio. Bajo esta definición, la naturaleza no solo puede ser infraestructura: es la infraestructura primaria e insustituible. Todo lo manifestado en la naturaleza posee cuerpo, forma y metabolismo. Un bosque actúa como amortiguador térmico; un humedal, como planta purificadora viva. El peligro actual es la homogeneización del paisaje (monocultivos en el campo o concreto rígido en la ciudad), que destruye esta capacidad autorreguladora y nos vuelve esclavos de artefactos artificiales costosos para reparar lo dañado. Reconocer la naturaleza como infraestructura nos invita a avanzar hacia una complejidad en armonía, donde nuestros artificios urbanos se acoplan al metabolismo vivo del territorio para construir paisajes diversos y resilientes.

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